El lugar en el que habitan los sueños, el reino de las fantasías, el mundo idílico … son sinónimos del hogar de las ideas con las que todos soñamos: Aquello que nos gustaría conseguir en algún momento de nuestras vidas. ¿Cambiar el mundo? ¿Acomodarse y vivir una vida tranquila en familia? Hay muchas formas en las que nuestros sueños se presentan, y estos viven en nuestras mentes.
En mi caso, voy a ese mundo cada vez que decido acostarme, entre cábalas y divagaciones, con amigos, o conmigo mismo trabajando en las múltiples ilustraciones. Quizá sea una forma de sueño lúcido, pero ese mundo en el que habitan los sueños es un lugar en el sentido más literal de la palabra; Más concretamente, lo conozco como una grandísima isla, luminosa, serena y paciente, escondida en las bravuras del océano atlántico e irónicamente real.
O más bien debería decir que lo siento fehacientemente real, a pesar de saber que solo visito el lugar virtualmente, antes de entrar a mis sueños más profundos. Y así, siempre tengo un deseo interior que me mueve con fuerza al llegar a la isla: Alcanzar el mar, pero es algo que no puedo lograr.
Algo tan simple como bajar una montaña en una isla pequeña se vuelve una tarea imposible, puesto que este, mi mundo, insiste en ampliar sus dimensiones con nuevos recovecos que hacen perderme de mi objetivo final. Ni tan siquiera ha sido posible cuando con más fuerza lo he deseado, pues he acabado perdido en un continente de imposibles dimensiones con mil intereses y deseos que me llevaban a mi estado REM.
En una de las ocasiones llegué a mi isla subiendo las escaleras que están en el punto más álgido de la montaña más alta de la ínsula, encontrándome con una pradera en la que las nubes abrazaban las colinas más cercanas y se respiraba un aire húmedo. Conforme bajaba la ladera me encontré con restos de lo que podrían ser antiguos hogares, ahora cubiertos por el polvo y el musgo. Si hacía un esfuerzo por detenerme podía ver como encontraba fotos de familiares míos, puertas que llevaban a recuerdos olvidados y elementos de recreo utilizados en el pasado, como aquella bicicleta ridículamente enana que me vi obligado a utilizar hasta mis catorce años, ahora oxidada y carcomida por el olvido.
A pesar de ello, quise volver a darle una oportunidad y utilizarla para llegar antes al océano. Traqueteaba como un viejo y pesado camión golpeándose bruscamente contra todas y cada una de las rocas del sendero que me guiaban en espiral hacia un pueblo gris, melancólico, de edificios cansados y de gentes aún más hastiadas. Muchas de estas personas no las conocía, pero algunas de ellas sí: Eran personas que yo en algún momento compartí tiempo y amistad, y con algunas, sangre, pero con las que ya no podía volver a disfrutar de su presencia.
Aunque intentara hablarles era vano; Una profunda sensación de lástima y vértigo se apoderaban de mi: La sensación de que todo era finito y siempre susceptible de acabarse se apoderaba de mi en ese lugar, como si las paredes gimotearan, entre susurros, “…Muerte … “.
Decidí dejar la bicicleta atrás y seguir corriendo entre el gentío hasta salir de sus murallas de piedra. No quise mirar atrás hasta abandonar esa desagradable sensación que aun hoy día me acosa. Pero esa sensación era una porción de veneno que un pueblo muerto me había insuflado en un mundo imaginario que no podía abandonar con solo correr. Cuando quise darme cuenta y volví la mirada atrás, el pueblo estaba aún más vacío y aún más cansado que antes. Volví la mirada, pero el paisaje era el mismo que en un principio; Parecía evidente que la isla había vuelto a crecer.
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